Papá, cuéntame otra vez…

– Ponga su móvil sobre el lector. – Dijo el guardia de aduanas detrás de su máscara facial, con los colores de la bandera de la Unión Europea. En la pantalla se iluminó el esperado cuadrado verde, con la serie de datos médicos ordenados de mayor a menor peligrosidad. Esperé a que Pablo pusiera el suyo y también resplandeciera el verde tenue para poder pasar. Cruzamos por debajo del arco que nos midió la temperatura a la vez que nos hacía un escáner de reconocimiento facial, y cuando llegamos al control de pasaportes el funcionario directamente nos los selló, con una desconfiada mirada a nuestra actitud alegre y chismosa.

– Papá, cuéntame otra vez esa historia de escaladores y bloqueros, de perroflautas y palistas, de surferos y ciclistas, de viajeros sin destino. – Su voz, una vez en el coche que habíamos alquilado por internet y que habíamos buscado por un aparcamiento enorme y sin nadie a quien preguntar, me sacó de mi ensoñación que siempre me ocurre cuando llego a una nueva zona de escalada.

– No te lo vas a creer. – Me gusta empezar con esta frase de grandilocuente expectativa. Una vez más volví a mis pequeñas historias que tanto gusto de contar y él de escuchar. – Pero, cuando llegaba el fin de semana lo único que teníamos que pensar era dónde íbamos a escalar. Ni siquiera revisábamos que lleváramos de todo, sólo lo justo para el desayuno del día siguiente, y muchas veces, ni eso.

– ¿No teníais que marcar dónde ibais a estar? – Le miré con esa media sonrisa de quien ha tenido la misma conversación muchas veces.

– No hijo. La única preocupación era buscar un lugar donde dejar la auto, que hubiera sombra por la mañana en verano, sol en invierno y paredes cerca todo el año. – La mirada de escepticismo vino acompañada de una riada de preguntas.

– ¿Y podíais aparcar en cualquier sitio?, ¿había mucha gente a vuestro lado?, ¿no teníais que registraros para la zona de escalada?, y ¿no…- Si me dejas te lo cuento una vez más. Es una bonita historia.

– Empezamos a escalar a finales de los ochenta del siglo pasado. No había muchas escuelas de escalada, todo eran muros vírgenes sin vías por todos lados, y lo mas apasionante es que no había nadie en la pared. Dani y Alberto, entonces llevaban el pelo en rastas hasta la cintura, equiparon un montón de vías en las zonas de alrededor de Salamanca. Probábamos vías de un grado que ahora hasta los principiantes consideran demasiado fáciles. Viajábamos a Cuenca, El Chorro, Montanejos…. como quien viaja a Jerusalén.

– Eso sí que es prehistoria. – Me interrumpió con ironía. – Prefiero los años antes de la pandemia. Antes de que fuera olímpica la escalada. – La nube donde flotaban estos recuerdos se disipó en mi nostalgia y volvieron a ocupar su lugar en mi memoria, esa que se desvanece como los colores del atardecer.

– Está bien. – Concedí.

Iba a retomar la historia cuando llegamos a la entrada del pueblo. Una barrera franqueaba la carretera. Dos hombres uniformados, con pequeñas ametralladoras pegadas a su costado, alzaron la mano y sin levantarse la visera de su casco integral nos pidieron el permiso, este lo habíamos obtenido quince días atrás. Lo chequearon con su móvil y, después de tras interminables segundos, los ojos entrecerrados y desconfiados del soldado mientras me miraban de reojo, apareció el cuadrado verde.

– Sigan las señales de la carretera, aparquen en el lugar indicado y escalen donde tienen asignado en las horas que han reservado. Gracias. – Con un leve movimiento de la mano nos indicó que continuáramos la marcha.

Mientras seguíamos la aplicación hacia el lugar donde aparcar miraba por la ventanilla. El día era claro, de un azul mediterráneo, el aire olía a primavera, el río borboteaba salvaje después de las lluvias constantes de un marzo incierto. Las tiendas, antes abiertas y llenas de tendederos colgados de las fachadas, con los colores de un marketing popular y espontáneo, ahora sustituidos por carteles con dibujos, parecían cerradas, refugiados los vendedores tras un mostrador acristalado, sin el bullicio de los zocos de antaño, con su cola de compradores, larga y distanciada, silenciosa y penitente.

El silencio es el nuevo acompañante, la nueva norma social, sin gritos ni cánticos, sin abrazos ni besos esparcidos de dos en tres. Ya no hay sonrisas, desaparecieron debajo de las mascarillas, y la risa se mira como indecorosa.

Aparcamos por fin y desplegamos unas sillas para tomar algo. Hasta cinco horas más tarde no empezaba nuestro primer permiso de escalada. Disciplinadamente iniciamos nuestra rutina previa. Comer algo ligero, preparar las mochilas, revisar los croquis para ir a muerte desde la primera vía, calentar con intensidad y …. llegado a este punto me volví y retomé mi perorata. Pablo me miró con su sonrisa indulgente. Él había empezado a preguntar y sabía que había abierto un tarro de añoranza que, ahora, había que degustar con suavidad.

– Un sábado cualquiera amanecíamos en Cuenca rodeados de vehículos de amigos, había días que no cabíamos, nos apiñábamos las autos y hacíamos corros improvisados, regados de abrazos y besos, risas. Según avanzaba la mañana cogíamos los bultos y nos íbamos al sector.

– ¿No os teníais que registrar en la página de la federación? – Me interrumpió.

– Había muchos que no estaban ni federados, los proyectos los tenías en todas partes y el único problema solía ser si había mucha gente probando la vía. Hacías cola y tertulia a partes iguales.

– ¿Sin límite de tiempo? – Sonreí, esa sí que era una buena pregunta. Escalar sin más límite que la luz del atardecer, la piel en los dedos, el dolor del cuerpo, la lluvia o el frío, sabiendo que al día siguiente habrá otra jornada sin fin. Aquel día teníamos dos horas para nuestra vía antes de que llegaran los siguientes que se habían apuntado, al menos era de cuatro a seis de la tarde que no era mal horario.

Miré alrededor. Unos alemanes hacían dominadas como si no hubiera un mañana. Diez metros más allá unos valencianos a los que reconocí tocaban una guitarra mientras hacían un desayuno colectivo, cuatro mesas, ocho comensales, tres cafeteras y risas amortiguadas por las mascarillas. Últimamente se habían puesto de moda las que llevaban algún logo de marca de montaña, colores vivos y chillantes, imitando a las mallas ochenteras que llevamos sin pudor en aquellos tiempos.

-Es una pena que mamá no haya podido venir. – dijo sacándome de mis pensamientos. – Este permiso de máximo dos es una mierda. Ya le dije que debía haber venido ella, pero insistió que fuéramos los dos. – Una madre es una madre no llegué a decirle y aunque, ella y yo hemos venido muchas veces y está en nuestros sueños de estos inviernos, sigue prefiriendo que su hijo construya los suyos.

– He reservado para cenar. Al final sí tenían un hueco, funcionan con sus turnos de comidas y sus pocas meses hacen que sea perfecto. Tenemos que ser estrictamente puntuales como ocurre en Madrid. – Mi recuerdo de días de verano donde bajábamos de escalar al ponerse el sol y buscábamos desesperados algún sitio abierto, en tierras francesas, cuando entrábamos los chefs nos miraban como si fuéramos extraterrestres. Igual que hacen ahora, con la diferencia que entonces se rompían unos horarios, robando al sueño las horas que unos euros dejaban en caja.

A la hora fijada nos presentamos a pie de vía. Habíamos volado para hacer dos para calentar, él poniendo cintas y escalando a vista, yo mirando, su estilo me acordaba de cómo empezamos a escalar, en muros verticales, travesías de colores y dominadas, jamás haríamos una serie o unas repeticiones, lástima de tiempo olvidado. Nada que ver con el año anterior cuando nos subimos por la este del Urriellu, “Amistad con el Diablo”, en la que veinticinco años antes me bauticé en pared con Berna y Juanlu, osadía de principiante antes de haber encadenado siquiera 6a+, ya os contaré otro día lo que pasó aquella jornada donde se quedó enganchada una cuerda y el paso rompe piernas lo hice sin más seguro que la cara de Berna y un lacónico “adiós” cuando pensé que no me aguantaba más, no viene al caso. Pablo la subió corriendo con unas zapatillas apretadas con suela adherente, con una despreocupación rayana en temeridad de inmortalidad juvenil. Pusimos igual de mal que entonces los friends.

Ocurrió lo de siempre. El turno anterior seguía en la vía, trabajando los movimientos, consumiendo un tiempo que no tenían, a un precio que no habían pagado, con un dinero que ya no existe en billetes ni monedas. Entablamos una penosa discusión sobre la libertad perdida en las montañas y sobre derechos de locales sobre “forasteros”, como si en estos días no fuéramos todos extraños. El turno siguiente apareció a su hora, la última de la tarde y pactamos a regañadientes unos pegues rápidos alternos. Todo ello desde la prudente distancia adquirida, lejos de llegar a las manos, mucho menos de tocarse siquiera.

– ¿Era así lo que me contabas? – ironizó sobre la situación.

– Había días que era peor, te tenías que ir por no desesperarte. Escaladores sin respeto por el tiempo de otros en pegues interminables, subiendo y bajando, a repasar los movimientos. Colas para probar vías y muchedumbres alrededor. Entonces lo odiaba, ahora tengo cierta morriña de aquellos días, del lío en el sector, de las risas y de los gritos de ánimo, de las chanzas y del ruido.

El silencio. Ha vuelto a las montañas, a las paredes. Ya no sólo los días de los que viven la vida pirata, también de los filibusteros del fin de semana, los mercenarios de la roca, aun mas militantes en el botín de la pared.

Volvimos a la hora fijada. Nuevo hábito jamás pensado. Nos duchamos con agua caliente largo rato, hábito jamás perdido, y nos tomamos dos cervezas antes de la cerna, único hábito por el que sigue mereciendo salir a escalar. Nos sirvió la jefa con sus manos enguantadas, salidas de las películas de la alta sociedad, y prorrogamos la sobremesa cinco minutos a lo socialmente aceptado. Nos volvimos andando a dormir mirando las estrellas. -Estas no han cambiado en estos años.

Me fui al saco. Él se quedó charlando con unas italianas que habíamos visto en la cena. La inmortalidad de la inconsciencia de la juventud eterna. Mientras dura sigue siendo una capa porosa invisible, que siguen malgastando quienes la pierden.

A la mañana siguiente, madrugamos, corrimos, escalamos, corrimos, devolvimos el coche, cogimos un avión en filas separadas en asientos discontinuos. Qué lejos quedan aquellos días de viajes sin mas preocupación para cruzar fronteras que el pasaporte español, admitido en cada aduana, ahora con visados individuales para cada país, con examen médico y con limitaciones de tiempo de estancia y lugares por los que vagabundear.

Él no va a conocer la vida pirata del escalador mochilero, saltando de país en país, buscando nuevas paredes que escalar, por todo el orbe.

Llegamos a Madrid a tiempo de coger dos taxis de tarifa cerrada. Nos dijimos adiós con la mano, sigue estando mal visto abrazarse en público, y ahí acabó la canción.

No me apunté las vías en 8a.nu, ya no merece la pena, no publico en redes sociales, no por obsolescencia social sino personal, dejé de tener ese juego cuando en vez de hacia adelante íbamos hacia atrás.

“Papá, cuéntame otra vez” era un viaje a la melancolía de un tiempo añorado. Un presente distinto y un futuro, como todos son, impredecible.


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